Los diamantes son bastante comunes. Su alto precio viene de una estrategia comercial para ocultar la oferta y convencer de que "un diamante es para siempre".

Durante décadas nos han dicho que los diamantes son raros, preciosos y el símbolo del amor. Pero la ciencia y la historia muestran que el diamante es más bien una obra maestra de manipulación económica que un tesoro geológico raro.
A finales del siglo XIX se descubrieron minas enormes en Sudáfrica. Los diamantes se multiplicaron. Si todos salieran al mercado de golpe, serían baratos como piedrecitas.
En los años 40 De Beers lanzó una de las campañas publicitarias más exitosas de la historia. Asoció el diamante al matrimonio y al amor eterno con el eslogan "A Diamond is Forever". Convencieron de que el diamante era "imprescindible" para el compromiso y de que era "para siempre", así la gente no los revendía; si todos vendieran, el mercado se hundiría.
Comparados con rubíes, esmeraldas o zafiros, los diamantes de calidad son mucho más abundantes en la corteza terrestre. Además hoy se pueden cultivar diamantes de laboratorio químicamente y visualmente idénticos a los naturales, a un coste mucho menor.
Los diamantes son caros porque creemos que son raros y porque su oferta está muy controlada. Son un ejemplo de cómo el marketing convierte un mineral común en el lujo más deseado del mundo.