La mayoría de partidos duran unas horas, pero un partido histórico fue tan largo que hubo que terminarlo al día siguiente.

Un partido normal suele tener 9 entradas y durar unas 3 horas. Pero en 1981 dos equipos de las ligas menores —Pawtucket Red Sox y Rochester Red Wings— jugaron un partido que no acababa.
Empezó un sábado frío de abril. Las dos defensas eran tan buenas que nadie se adelantaba. Entrada tras entrada. A las 4:00 del domingo ya iban 32 entradas y seguían empatados. El presidente de la liga llamó al estadio y ordenó parar para que todo el mundo pudiera irse a dormir.
El partido no se reanudó hasta dos meses después, cuando Rochester volvió a la ciudad. Todo el mundo quería ver el desenlace. La parte "extra" fue corta: en la entrada 33 Pawtucket anotó y ganó en solo 18 minutos.
Dos jugadores de aquel partido maratoniano acabaron siendo leyendas de las Grandes Ligas: Cal Ripken Jr. y Wade Boggs. Entonces eran jóvenes, seguramente preguntándose si algún día saldrían del campo.
El partido de béisbol profesional más largo tuvo 33 entradas y 8 horas y 25 minutos de juego. Fue tan largo que hubo que pausarlo meses hasta que por fin hubo ganador. Sigue siendo un récord legendario que probablemente nadie supere.